10.10.13

BRIAN RICHARDS


La última vez al caer de la silla
sin explicación
me disloqué una vértebra
la nariz se torció
y adquirí un síndrome más.
En el sanatorio debí quedarme un tiempo
hasta que intentaran restaurarme
decían *con tanto alcohol en las venas
puede explotar*.
Cuando volví al club
lo hice en silla de ruedas.
A nadie le extrañó
quizás estaba en los planes.
Puede que lo hayan soñado
ahora
que estoy un poco destruido.
Por cierto yo tenía un doble
idéntico
tanto es así que Bethi lo atendía
mejor.
Igual no estoy seguro.

Donde había un accidente
estaba alguno de los dos
catástrofes mundiales
también
y en la última epidemia de maíz
nos salvaron los bomberos.
En el club algunos sospechan
creen que soy un agente
xx
y trabajo para un golpista
que espera en el extranjero.

Después de todo
qué hice para merecer
consideraciones.
Ser delincuente
no es para tanto.
Mi apego por la lógica rockera
está en la lista.
Sea de la forma al parecer
me saco el sombrero.



Doval 10

21.5.13

MICK JONES

Llevo a  todas partes mi documento                                    
si  voy a morir como imagino
al menos quiero estar presentable -

Primeramente.
                                                                                     
El recuerdo que aun guardo
de mi juventud
es ligero.
Estuve en problemas
algunos insalvables.
Como cuando me ahogué
con un Martíni en las rocas.
La índole ya se sabe
igual nunca negué  un interrogatorio.
Conocí a varios inspectores 
hasta un capellán
que me venía ver
entre el día y la noche.
Con él cambiábamos criterios
la  conducta
y los buenos hábitos.
De hecho lo conduje
por el sendero brillante
pobre diablo.

Segundamente.

Aún hoy sigo inédito
ninguna compañía
me propuso la posteridad
Salvo que estén esperando
que aprenda a nadar
o a conducir automóviles.
Debería tener alguna inclinación
lo sé.
Soy mutante.


Doval 10

25.8.12

Hojas


Dos niños
corren por el
pasto.

Se detienen.

El viento
mueve su
ejército.

21.12.11

EBRIOLOGIA

Un buen ebriologo
deplora el escándalo
es por eso que evitamos la lucidez.
En la facultad del odre
se aspira a consagrar
al acto de beber
como una ciencia exacta.
Con esa premisa se forman
verdaderos templarios de la vid
que es nuestra madre patria
el gran útero vitivinícola.

Los futuros doctores
juran honestidad científica
a la hora de ingerir wiskhy.
Hacen votos de pobreza
y franciscana devoción
cuando los invitan a una más.

Nuestros enemigos son los antibióticos
el beber con moderación
que nos confundan con niños y se nieguen a vender
También los organismos de seguridad
que siempre están sobrios
y no saben tratarnos con solvencia.

Bien es cierto que la sociedad nos recrimina
de igual modo libran edictos
y contravenciones
Las mujeres nos abandonan
exigen que tengamos dos trabajos
como si el ebriólogo careciera de plusvalía.

Y que pasa con los aportes provisionales
el censo que nunca hicieron
para cuando el parlamento ebrio.
Estas y otras barbaridades
se cometen a la etnia
alcohol en sangre.

Pronto reconocerán que con una borrachera
se come se educa y se cura
en un centro de rehabilitación.
Y que nuestro sacrificio no fue en balde.
Las generaciones futuras
con nuestras banderas beodas
harán enólogos recorridos
y florecerán los bodegones
snack bar
hasta las excelsas pulperías
nos devolverán la felicidad.

Le llegó la hora al capitalismo
vamos a tomar el poder
del alcohol y sus derivados
mediante el conocimiento y la investigación.
Para eso construiremos el partido revolucionario
de los bebedores empedernidos.
La comunidad organizada
del licor, el aperitivo
y los copetines al paso
serán los pilares
de la embriaguez colectiva.

DOVAL 2011

22.9.11

De manera que podía hacer 2 cosas a la vez

Le dio mecha al yoni
y fumó 
sin cometer errores. Después lo giró, y hacer notar que estaban llegando a Bancalari provocó risas y tós en la tripulación. Lo compararon con uno de  la tele imposible recordar el nombre.  -Siguen las risas.  -En eso dijo el chiquito -la muerte no usa ropa interior- señalando un Micro mar víctima o asesino de sí mismo.

16.8.11

4. compresión de las carreras



Hay una gran fábrica de candados doblando la esquina. Los chicos corren. La distancia se comprime adelante y detrás. Un manojo de llaves resbala de sus manos y va a caer sobre la manta de un vagabundo que duerme a la sombra de un portal. El perro que yace a su lado se levanta, estira las patas delanteras y moviendo la cola se acerca hasta las llaves. Las huele. “No hay dudas. Conejo asado”, piensa.

10.7.11

1. el atardecer desatado


El chico se paseaba entre las góndolas posando sus manos alternativamente en esta u otra fruta. Por fin se decidió por una naranja que lucía muy apetitosa. Miró a uno y otro lado cerciorándose de que nadie lo viera y sacó del bolsillo una pequeña navaja gitana que le había regalado su hermanita menor. El pilluelo cortó la naranja de modo irregular y sin dudarlo un instante la mordió, a hurtadillas, sentado contra una pila de latas de conserva.
Estaba deliciosa. Un líquido azul, brillante, chorreó por las comisuras de sus labios.

El hombre dejó la maqueta del avión sobre la mesa. Voló con su mente hasta el techo e imaginó la liviana estructura de aluminio, recontó en su mente la cantidad exacta de pernos especiales y se rascó la cabeza. Aun con la mirada perdida se dirigió a la ventana por donde entraba un viento suave y dulzón, antecesor de tormentas, removía blancos papeles colgados en las paredes de la habitación. Al caminar hacia la ventana pasó frente a un espejo barato que había comprado a un viandante. La forma levemente deformada que devolvió (el espejo, no el viandante, quien -según se dice- partió a trepar el monte Caruthers armado con un tenedor) mostraba a un hombre alto, flaco, adulto aunque de edad indeterminada entre los 30 y los 50 años, entre una expresión y otra, entre el despertar de un sueño cómico y el nudo de una película de ciencia ficción. El escaso pelo que poblaba su cabeza se veía siempre parado, ondulando como las puertas vaivén de una cantina solitaria. El tipo se apoyó en el alfeizar de la ventana, cerró los ojos y aspiró. Expiró el aire en tres breves pausas y abrió grande la boca, grande, como si fuera a gritar, pero no dijo nada.

Había aprendido a hablar pero rápidamente dejó de hacerlo porque tenía la sensación de que su voz no tenía la musicalidad o el tono normal de las demás voces. No podía escuchar con normalidad tampoco. Sentía apenas débiles silbidos, o bien exclamaciones lejanas como las que produce un barco, un oboe o algún instrumento de vientos con nota grave. Esa mezcla particular componía su mundo sonoro y le hacía acordar a las ballenas. Pensaba en ballenas silbadoras comunicándose entre sí, predicándole secretos a las algas movedizas, haciendo sonar la nota grave y satisfecha al absorber una gran bocanada de plancton.

El mudo vio por la ventana a un muchacho sentado sobre una escalera de mármol que hacía la entrada de una de las antiguas casas con sótano que se alzaban enfrente. En ese mismo momento, el muchacho saludó a alguien, pasando su mano despacio por el ala delantera de su sombrero. El mudo observó hacia abajo, en dirección a donde viajaba el saludo, pero no vio a nadie. El sombrero tapaba los ojos del joven, de manera que este parecía no verlo. El mudo dio la espalda a la ventana y observó la maqueta del avión apoyada sobre la mesa. Se acercó y tomándola entre sus manos midió su peso, detuvo la yema de sus dedos por unos instantes en la áspera superficie de madera balsa y sintió el impulso de arrojar el avión por la ventana. Y de que el avión lo llevara con él.
Cuando se asomó nuevamente a la calle de inmediato vio dos cosas. Una, que un coche de policía estaba detenido en la vereda enfrente. Tres uniformados conversaban con una señora gorda, escrutando con seriedad los alrededores. La segunda, que el muchacho del sobrero había desaparecido. Un cuarto hombre, que no había percibido hasta el momento bajó del patrullero. Vestido de civil, probablemente un detective, observó las escaleras donde se había sentado el muchacho, pasó la mano por uno de los escalones, como si comprobara la existencia de una fina capa de polvo, o la presencia de un hermoso lunar bajo el labio de una joven. Luego el detective se giró sobre sus talones, levantó la vista, y miró directa, exactamente, hacia la ventana donde se encontraba él.