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16.8.11

4. compresión de las carreras



Hay una gran fábrica de candados doblando la esquina. Los chicos corren. La distancia se comprime adelante y detrás. Un manojo de llaves resbala de sus manos y va a caer sobre la manta de un vagabundo que duerme a la sombra de un portal. El perro que yace a su lado se levanta, estira las patas delanteras y moviendo la cola se acerca hasta las llaves. Las huele. “No hay dudas. Conejo asado”, piensa.

10.7.11

1. el atardecer desatado


El chico se paseaba entre las góndolas posando sus manos alternativamente en esta u otra fruta. Por fin se decidió por una naranja que lucía muy apetitosa. Miró a uno y otro lado cerciorándose de que nadie lo viera y sacó del bolsillo una pequeña navaja gitana que le había regalado su hermanita menor. El pilluelo cortó la naranja de modo irregular y sin dudarlo un instante la mordió, a hurtadillas, sentado contra una pila de latas de conserva.
Estaba deliciosa. Un líquido azul, brillante, chorreó por las comisuras de sus labios.

El hombre dejó la maqueta del avión sobre la mesa. Voló con su mente hasta el techo e imaginó la liviana estructura de aluminio, recontó en su mente la cantidad exacta de pernos especiales y se rascó la cabeza. Aun con la mirada perdida se dirigió a la ventana por donde entraba un viento suave y dulzón, antecesor de tormentas, removía blancos papeles colgados en las paredes de la habitación. Al caminar hacia la ventana pasó frente a un espejo barato que había comprado a un viandante. La forma levemente deformada que devolvió (el espejo, no el viandante, quien -según se dice- partió a trepar el monte Caruthers armado con un tenedor) mostraba a un hombre alto, flaco, adulto aunque de edad indeterminada entre los 30 y los 50 años, entre una expresión y otra, entre el despertar de un sueño cómico y el nudo de una película de ciencia ficción. El escaso pelo que poblaba su cabeza se veía siempre parado, ondulando como las puertas vaivén de una cantina solitaria. El tipo se apoyó en el alfeizar de la ventana, cerró los ojos y aspiró. Expiró el aire en tres breves pausas y abrió grande la boca, grande, como si fuera a gritar, pero no dijo nada.

Había aprendido a hablar pero rápidamente dejó de hacerlo porque tenía la sensación de que su voz no tenía la musicalidad o el tono normal de las demás voces. No podía escuchar con normalidad tampoco. Sentía apenas débiles silbidos, o bien exclamaciones lejanas como las que produce un barco, un oboe o algún instrumento de vientos con nota grave. Esa mezcla particular componía su mundo sonoro y le hacía acordar a las ballenas. Pensaba en ballenas silbadoras comunicándose entre sí, predicándole secretos a las algas movedizas, haciendo sonar la nota grave y satisfecha al absorber una gran bocanada de plancton.

El mudo vio por la ventana a un muchacho sentado sobre una escalera de mármol que hacía la entrada de una de las antiguas casas con sótano que se alzaban enfrente. En ese mismo momento, el muchacho saludó a alguien, pasando su mano despacio por el ala delantera de su sombrero. El mudo observó hacia abajo, en dirección a donde viajaba el saludo, pero no vio a nadie. El sombrero tapaba los ojos del joven, de manera que este parecía no verlo. El mudo dio la espalda a la ventana y observó la maqueta del avión apoyada sobre la mesa. Se acercó y tomándola entre sus manos midió su peso, detuvo la yema de sus dedos por unos instantes en la áspera superficie de madera balsa y sintió el impulso de arrojar el avión por la ventana. Y de que el avión lo llevara con él.
Cuando se asomó nuevamente a la calle de inmediato vio dos cosas. Una, que un coche de policía estaba detenido en la vereda enfrente. Tres uniformados conversaban con una señora gorda, escrutando con seriedad los alrededores. La segunda, que el muchacho del sobrero había desaparecido. Un cuarto hombre, que no había percibido hasta el momento bajó del patrullero. Vestido de civil, probablemente un detective, observó las escaleras donde se había sentado el muchacho, pasó la mano por uno de los escalones, como si comprobara la existencia de una fina capa de polvo, o la presencia de un hermoso lunar bajo el labio de una joven. Luego el detective se giró sobre sus talones, levantó la vista, y miró directa, exactamente, hacia la ventana donde se encontraba él. 

27.10.10

99. un consejo justo a tiempo


El líquido azul gotea por la ventana de la habitación de una joven. Pequeños agujeros de luz atraviesan la persiana. Las puertas del mueble portacd están abiertas. Ondulan con el viento de la habitación. Ella está dormida.

X está terminando de vestirse. Apurado, busca las llaves. Recorre 3 espacios chicos. Cocina, living room, y su cuarto. Su cuarto, cocina, living room. Living, cocina, cuarto room. Encuentra las llaves donde no las había dejado. Mientras camina hacia la puerta, echando vistas, trata de no olvidarse nada. Justo antes de salir recuerda que la persona con la que va a encontrarse suele ser impuntual. Por este motivo retrasa su salida. Tira papeles a la basura. Sentado frente a la computadora fuma un cigarrillo.
X se sumerge en un túnel, reflexionando sobre su obsesión. Desde hace meses, casi un año, arrastra un problema sin resolver. Al sumergirse de esta manera no tiene en cuenta el tiempo de la superficie.
-El problema es que él no puede resolverlo.-
10 minutos y sale. Sube al auto, conduce tranquilo, escucha música. Si alguien quiere pasarlo, se hace a un lado.
Estaciona y al no ver a nadie se pregunta si no se equivocó de dirección. O si la persona que espera desistió del encuentro. Justo entonces recuerda, con mayor precisión, que era él quien solía llegar tarde. A veces justificadamente, como en este caso, se dice X. Nada mal para una simple incógnita.
De pronto se cierra el cielo y llueve. Algunos paraguas se mueven de aquí para allá llevando personas. Parado en la esquina señalada, bajo un toldo, X contiene las ganas de prender un cigarrillo.

(45 min. Para reescribir 20 líneas. 1ra persona en pasado. 1ra persona en presente. La 3ra. entra mejor que la segunda y cuarta no hay. Muy bien. Puede hacerse. Es un hecho. Ahora, falta la historia. Esta puede demorar días, meses, años incluso. Todo un living room.
Pero es necesario acelerar las cosas.)[1]

Ella pasea en bicicleta en su sueño. Tiene el pelo corto, a la altura de la reja. Despierta y decide salir. Antes de hacerlo toma su saco rojo. Recorre las calles húmedas. Toma un colectivo que no sabe a donde la lleva. O si sabe, pero lo ha olvidado. Tal vez en el futuro.

Al final de la calle un nuevo cielo se marcha. Un chico surgido de la nada pregunta la hora, si conoce algún supermercado y la hora otra vez. X lo mira bien, duda si es un chico o una chica. Tiene el pelo largo, desgreñado, sucio. Antes de contestar, otra chica pasa como una inspiración por su lado y se lleva a su compañero tomándolo de la campera. X los ve alejarse en dirección a la tormenta. Alguien toca su hombro.

Ahora están tomando un café. Dieron vueltas por la ciudad con el auto, a tientas, dejándose llevar por la misma casualidad que los había encontrado. Ella no era la persona que esperaba X, al menos no la que esperaba en ese momento. X tampoco era la persona que ella, K, estaba buscando. Pero dada la situación, la lluvia, y un barcito de barrio acogedor, el destino se impone.
K y X se conocen desde hace mucho tiempo, pero hace mucho tiempo también que no saben nada el uno del otro. La conversación es rara. Una mezcla de familiaridad y de extrañeza fluye por sus miradas, por las palabras que se dicen, sorteando el humo del café, sonando como una campana mojada, a lo lejos, bajo la lluvia. X contiene su sonrisa, sus labios tiemblan. K observa su taza, y hacia un costado y luego hacia X. K divide sus miradas en 3. X sólo mira a K, y en algún momento hacia el costado, hacia ningún punto en particular (nada lo distrae), para que ella no se sienta incomoda. La charla transcurre como un río serpenteante que regresa por una curva equivocada y se introduce en el pasado. Viejas chispas saltan sobre la mesa de madera, iluminando acciones donde K y X son los protagonistas de una fotografía, de un sobrenatural viaje al mas allá (me lleva el diablo, dice K), o de un robo a un local de comidas rápidas en pleno centro. Las chispas se reflejan en la ventana, en las gotas que resbalan del lado de afuera y llegan débilmente a la ventanilla de un auto que pasa. Un tenue brillo acompaña el auto hasta internarse en la provincia.

Dos chicos, o mejor dicho, dos chicas entran en el café apuradamente, sacudiéndose el agua de unos pilotos imaginarios. Están empapados, pero se ven activos, irredentos, a la saga. Se acercan a la mesa de K y X quienes se hallan en silencio. X tiene una de las manos de K tomada entre las suyas, sobre la mesa. No ven a las chicas hasta que se hallan justo frente a ellos. Una de ellas, el chico, pregunta a K por un supermercado. La otra chica se rasca el pelo largo, revuelto, enredado. Suena la campanilla de la puerta. Los 4 se dan vuelta y ven entrar a un perro que se dirige también hacia la mesa, como si llegara tarde pero seguro a una reunión previamente pactada. El chico vuelve a preguntar por un supermercado. El perro resopla. K sonríe.

Los 5 montan el auto y salen de la ciudad a la búsqueda de un supermercado decente.


[1] N.d.A.

24.9.09

POP MUSIC

“Un agujero dentro de un agujero”


Ya estoy muerto.
Fueron cuatro balazos a menos de tres metros.
Una exageración, dirán.
Pienso lo mismo.
Pero después de todo
Nada cambió
Mucho
Ni siquiera soy un miserable fantasma.
Y creo que luego de los disparos
Me quedé dormido
O algo así.
Cuando desperté
Salí a la calle
Y vi a las mismas personas.
¿Cómo estás? Me preguntaron algunas de ellas.
Bien, creo que mejor, les contestaba.
¿Mejor que qué? Insistían a veces.
Pero yo no sabía decirles.
Aunque en verdad
Podía notar algún cambio concreto
Estaba muerto
A fin de cuentas.
Lo único que noté
Al cabo de unos días
Fue que seguía moviéndome ok
Gracias a algún milagro equivocado
Y me sentía un poco
Triste
Y algo más tranquilo, también.
Lamento desilusionar
Pero no vi ninguna luz
Nada de voces
Susurrando mi nombre
Ni ángeles
Ni infierno
Nada especial
Y eso sí
Aún seguía toda la misma mierda.

Pero de vez en cuando
Pasaba por la cafetería de Phil
Y él me servía unos tragos.
Sólo era como un rockanrol.
Iba siempre para adelante.
Sin sutilezas.


Abril 2005